Ya lleva unos días rondando en sus mejores reproductores, voy haciendo entregas poquito a poco. No habrá edición digital que se pierda entre miles de listados. Tendrán que venir a por él, si lo desean. Porque, como todos los años, dejo un poquito de mí, de mi corazón, de mis miedos y mis vivencias en ese recopilatorio. Momentos musicales vividos, compartidos o íntimos, desprendidos. Mantras soporíferos y clamores dedicados.
Hoy es un día especial, aunque no todos lo sepan, y por eso me lo he estado reservando. Y porque la inspiración tampoco me había llegado antes, para qué nos vamos a engañar. Así que… va por tí. Va por ellos.
Ha sido un día nefasto. De esos que llegas a casa con el cuerpo revuelto, y lo peor de todo es que todavía no ha acabado. Reviso el correo casi sin ganas, porque es lo que toca. Y entonces se me iluminan los ojos. Allí está ella, allí están ellos, que aunque se vayan bien lejos, aparecen como si ya supieran lo que ha pasado y siempre tengan la formula mágica para arreglarlo, el botón adecuado que hay que pulsar cuando las cosas no marchan bien. Amores míos, la buena vida y tupers dispersos por el mundo.
Siempre nos quedará Nacho, sí. Y el Hoppípolla. Sube el volumen. Whatever.
Junio fue un infierno, julio un parón, y en agosto ya vamos desatascando. Por las visitas al paraíso (uno y dos) y el Océano Atlántico. Por el final tudoriano y por la que está por decidir. Por las que trabajan codo con codo, y el vino blanco. Por las que van y vienen de London. Por los que no entienden ni papa (ni al papa) pero se parten con tus gracias. Por los aloe vera de Patera y el pollo “con lo que tengas”. Por o’callejón ayerbense y su recorrido. Por los que te intentan intoxicar con amor, siempre entretenidos. Por los menús del día en Bochorcity. Por las antenitas, los almuerzos y los brazeles. Por los Seymour y los complementos a lo cubano. Por las llamaditas desde muchas partes y las felicitaciones interestelares. Por la desintegración en los bailes de pueblo montañés. Por las partys infantiles, los ganchitos y los sandwiches de nocilla. Porque es lo que nos toca ahora, en este agosto de resurgir.
Primer ababol avistado (de cerca) de la primavera.
Un año más me repito a mí misma eso de “Ay, ababol!”. Están siendo unos días de reencuentro conmigo misma, de revisión de lugares y personajes importantes, con ese toque internacional añadido que he adquirido no sé muy bien por qué. No sabemos lo que nos deparará la vida en estos momentos en que todo el mundo se lleva las manos a la cabeza con la crisis, las elecciones, ataques, revueltas, terremotos y radiaciones… Pero espero que me dejen seguir disfrutando, hasta que el mundo se pare, de todos estos momentos “revival”.
Creo que tanto ambiente florido-campestre me ha dejado un poco atontada… Ay, ababol!
Dosmilnueve toca a su fin. Ya casi estamos. Inconscientemente, me sorprendo a mi misma recapitulando episodios, aventuras y sucesos. Aunque no es de extrañar, suelo hacerlo habitualmente, me va la crónica. No creo que haya sido un mal año. Por supuesto, tuvo sus cosas, como todos. C’est la vie. Con la boca pequeña, casi me atrevo decir que ha sido bueno, en muchos aspectos. Mejorar respecto al 2008, año nefasto donde los haya (en mi caso) era fácil. Aunque quizá lo que mejor lo defina sea como un año de tránsito. Tránsito hacia lo que está por venir. Seamos optimistas.
Recibo el recopilatorio musical de Hembra Beta, con sus temitas dedicados. Gracias maja. Yo creo que ella también ha estado recapitulando. Y le cuento que yo también estoy preparando el mío, con esos temas que me han acompañado durante el año en cada uno de los momentos, de viajes y eventos. Pronto en sus reproductores, la selección me está siendo algo complicada. Lo único que tengo claro es como lo cerraré. I did it my way.
Para todos los que estuvisteis, de una u otra manera.
Hoy he hecho uno de mis últimos viajes a Discordia. Me he estado resistiendo a que llegara este momento, entre otras cosas, por causas de fuerza mayor que ya he relatado. He recogido mis últimas pertenencias, las he cargado en la furgoneta y he cerrado la puerta con doble vuelta de llave, en sentido contrario, sí. Son pocas escaleras de bajada, pero me ha dado tiempo a rememorar algunos recuerdos, aún cercanos…
La Suka con sus pseudo-calcetines de invierno, Hembra Beta y yo riendo detrás como crías que regresan de hacer angelitos en la nieve. Mi niñas corriendo por el pasillo y gritando “tieta, ¿donde estás?”, cargadas de energía. Ojal-a llegando cargado siempre de bultos, y madalenas de la panadera de Lanaja. Un pequeño reducto monegrino en las jacetanias. La jerezana que estaba poco, pero siempre traía esa alegría característica del sur. Visitas, muchas, siempre agradables, a veces improvisadas. Mi habitación, blanca inmaculada, un remanso de paz. Esa lámpara que al principio no podía mirar, y a la que acabé cogiendo cariño. El cuartuchón-vergel y los talleres de jardinería de interior. Variopintas selecciones musicales sonando desde el cuarto de baño. La compra en el Día%, cada precio es una oferta. Tuper diario para la oficina, este es tuyo, este es mío, me falta la tapa, y este… ¿de dónde ha salido? Festivales decadentes. Tapas aceleradas. Caipiriñas en La Bici. La Venecia jacetana. Siempre haciendo maletas para iniciar otro viaje, a veces cercano, a veces lejano, unos de trabajo, otros puramente ociosos. Y regresar a esa casa enorme sólo para mí, segunda residencia en las montañas. Un hogar para la recuperación y la creación. Un hogar bloguero.
Me gustó vivir allí. Empezó casi un año atrás, también nevaba. La mudanza fue atropellada, como la que vuelvo a hacer ahora, como todas. Mudanzas físicas y de pensamiento. La teoría de los círculos se confirma. Otro día la explico, hoy sólo puedo decir “adiós Discordia, adiós”. Me queda esta bitácora, in memoriam.
Quién me lo iba a decir a mí, que presumo de moderna, quién. Desde el momento que me ví con los rulos y la redecilla, veinte minutos de secador y el cuore, empezó la transformación. Nos vestimos sin saber muy bien aún a qué época pertenecemos, descontextualizadas. Sigo sin tener claro si pin-up o pilingui. Si me han sacado de “Amar en tiempos revueltos” o del desierto de Arizona. Desempolvo las joyas de la familia. Make-up y charoles de tacón. Viajo con Eleni, que ya no es Eleni tampoco. Llegamos a Loreto. Es divertido, como una película de entonces, supongo.
Bonita ceremonia. Podrían ser Ginger y Fred. Por favor, que venga el cura al banquete, que es muy gracioso. San y sus practicalities. Rozaduras en los pies y una lomo. Abanico para desestresar y la pequeña Julia que no calla. Cadeneta en la maleta, no vaya a ser. Ya estamos metidos en el papel y esto es un no parar. Mojitos y bolero. Comparto mesa con Grace, Clark, la viuda de Rivas y una panda de mafiosos. Somos lo que somos. Poesía de andar por casa. Y mucho humo. Mis amigos de parchís, qué vergüenza. El álbum de mis sueños. Swing, mambo y Shayla…
Me despierto con la misma onda en el flequillo, con los mismos caracolillos. Con dolor en los pies, pero con una sonrisa, la fiesta no ha terminado. It’s my birthday y hago lo que quiero. Acabo con sombrero de gangster, bastante dignamente. Otra vez metida en el papel.
Han pasado un par de días, y esto no se nos pasa. Seguimos escuchando las mismas canciones, las de entonces. Ansiosos por ver esas fotos que nos transporten de nuevo. Empiezo a pensar que estoy atrapada, y me gusta. Quizá sepamos fusionar los años 40 con el siglo XXI y triunfemos… Qué bonito es soñar despierta.